“Las universidades necesitan autonomía para desarrollar una cultura de mejora”

La falta de confianza entre el Estado y las instituciones de educación superior hace que muchas veces estas no tengan la capacidad de experimentar con nuevos enfoques y herramientas. 

Según datos del más reciente Estudio Nacional de Transparencia, seis de cada 10 chilenos percibe que los organismos públicos son muy corruptos y el 84% de los consultados cree que los organismos del Estado son distantes.

El panorama es distinto al de los países nórdicos de Europa, donde la confianza en lo estatal es alta.

“Es una confianza continua. Porque a pesar de dificultades económicas y los desafíos que implica la nueva oleada de inmigrantes, las personas siguen confiando mucho en lo público”, explica Peter Maassen, cientista político y profesor de Educación Superior y Estudios Sociales de la Universidad de Oslo.

“Esta confianza va más allá del partido político gobernante: en Suecia ahora lidera un gobierno socialdemócrata de izquierda, mientras en Noruega está el ala derecha más conservadora. Pero en esencia, me parece que en cuanto al modelo social básico, las diferencias entre los partidos políticos no son muy grandes”, plantea.

Maassen habla sobre la confianza en el Estado cuando se le pregunta sobre la autonomía universitaria, un tema que en Chile ha estado en la palestra debido a los cambios educativos que ha vivido el país. A principios de enero, por ejemplo, el rector de la Universidad Mayor, Rubén Covarrubias, publicó en Cartas al Director de “El Mercurio”, que “el Gobierno centró la discusión en la burocracia estatal. Promovió la creación de una subsecretaría con poderes atentatorios de la autonomía universitaria; una nueva Agencia de Calidad que coarta la independencia de la actual Comisión Nacional de Acreditación y que pocos entienden la razón de fondo para reemplazarla”.

A propósito de que el Estado fijara un techo a los precios de los aranceles que pueden cobrar a sus alumnos sin gratuidad, Teodoro Ribera, rector de la Universidad Autónoma, indicó preocupado que “eso puede afectar la autonomía de las universidades y su dependencia del aparataje fiscal y capacidades financieras del mismo”.

Maassen cree que en este tipo de sistemas -que siguen un modelo más bien anglosajón- “hay mucha menos confianza entre el Estado y las instituciones de educación superior en comparación con otros modelos. Por lo mismo, las autoridades del Estado exigen a las universidades y facultades que informen en detalle sobre cómo han estado usando el financiamiento público”.

En cambio, en los sistemas de alta confianza existe “un alto nivel de confidencia en la capacidad de las instituciones para ocuparse de sus funciones y tareas, sin que el Estado tenga que supervisar y ser informado sobre cada acción de los establecimientos en detalle”.

Invitado a exponer en el seminario “Educación Superior para el Siglo 21” -evento que organizó el Centro Interuniversitario de Desarrollo (Cinda)-, durante su paso por Chile Maassen repasó los tipos de autonomía universitaria más comunes. Explicó que en los años 80, a nivel global hubo énfasis en volver más independientes los establecimientos educativos.

“Se movieron desde el gobierno a las instituciones las decisiones relacionadas con temas como la contratación de personal o la administración y diseño de programas académicos”, indica.

Pero los gobiernos no quisieron desligarse del todo: para asegurar calidad, comenzaron a nacer las agencias acreditadoras, que pedían un piso mínimo para certificar las distintas universidades.

“En un momento, se hizo notorio que estas instituciones que acreditaban calidad no necesariamente la mejoraban. Sí ayudaban mucho para identificar instituciones y programas malos, a los que se amenazaba con cerrar si no abordaban sus problemas”. Su función no iba mucho más allá.

Tomar las riendas

De ahí que la mirada más moderna en torno a la autonomía universitaria sea hablar de la cultura de calidad, explica Maassen.

El concepto alude a la idea de que las universidades tomen las riendas. “Refiere a la necesidad de que las universidades desarrollen una cultura interna, que mejore y fortalezca la calidad de sus actividades educativas. Esta cultura de calidad tiene un elemento de liderazgo -políticas institucionales claras y objetivos colectivos, además de comunicación y procesos claramente definidos- y un elemento psicológico de valores, creencias, expectativas y compromisos compartidos de toda la institución hacia este objetivo de calidad”.

En ese sentido, es importante que el papeleo y la burocracia se vuelvan menos pesados, y que el Estado permita a los establecimientos ir experimentando.

“Si una universidad desea desarrollar o fortalecer su cultura de calidad institucional, necesita un margen de maniobra para experimentar nuevas actividades, enfoques, herramientas pedagógicas, formas de enseñanza; así puede descubrir qué funciona y qué no”.

Dado que frecuentemente la idea de autonomía “se expresa en textos legales que son fijos y que generalmente se formulan de manera muy abstracta, las universidades muchas veces no sienten que tienen este margen de maniobra, que es necesario para trabajar en su cultura de calidad”, concluye Peter Maassen.

Margherita Cordano
Educación
El Mercurio

Fuente, El mercurio link aquí

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